El anarquismo y el problema del poder I – Bakunin y la federación de las comunas – Gabriel Rivas

El anarquismo y el problema del poder

I 

Bakunin y la federación de las comunas

“Una organización es realmente revolucionaria, si se plantea y resuelve adecuadamente el problema del poder.”

FAU, 1972

“La revolución política -coetánea y realmente inseparable de la revolución social, de la que ha de ser, por así decir, la expresión o manifestación negativa- será, ya no una transformación, sino una grandiosa liquidación del Estado.”

M. Bakunin, 1870

En 1917, en plena revolución rusa y durante su huida a Finlandia a raíz de los intentos del gobierno provisional por arrestarlo, Lenin escribe su conocido libro “El Estado y la Revolución[1]. Según G. Walter[2], sólo hacia 1950 este texto canónico contaba con más de 127 ediciones, en 33 idiomas diferentes y con un total de al menos 3.747.000 ejemplares. Ya 60 años han pasado desde ese cómputo. Si bien la gran maquinaria soviética se ha hecho añicos, no dudamos que esa cifra ha aumentado exponencialmente, perpetuando lo insoslayable del texto para todos aquellos que se han planteado alguna vez el tema de las formas del poder proletario al momento de asumir la superación de la sociedad capitalista.

Más allá de lo que implica este texto en el contexto en que fue escrito, donde se revitaliza una discusión olvidada por el marxismo ortodoxo practicado por la Socialdemocracia Alemana, la que enterrada en su propio reformismo había dejado de lado el asunto esencial del poder y la ruptura revolucionaria; más allá de eso, decimos, lo esencial del “Estado y la revolución” es que desarrolla los fundamentos de la fórmula general de aquello que debe ser la máxima preocupación de todo sector revolucionario: el problema del poder. “El Estado y la revolución” amalgama en un solo escrito el problema del proletariado, la vanguardia, el partido y el Estado, todo esto ordenado en una estructura ascendente y con efectos retroactivos, de ahí que sea un texto fundamental.

En nuestra opinión, una perspectiva revolucionaria es tal sólo porque es capaz de resolver este espinoso problema, de crear una alternativa concreta de superación al aparato de dominación de clase, dejando el camino libre para la imposición de un modo de producción diferente, basado en las decisiones racionales de los productores libremente asociados. De ahí que una de las ideas centrales del “El estado y la Revolución” sea, más que restituir la ortodoxia marxista en torno al problema del Estado, constituir a los bolcheviques como los únicos capaces de asumir consecuentemente lo que aparece amalgamado en la teoría del marxismo, según Lenin. Es por eso que Lenin debe lidiar al menos con tres posiciones. Por un lado con Kautsky, representante de la fatigada y adormecida socialdemocracia alemana; Pannekoek, que si bien se gana los halagos de Lenin a propósito de su texto de 1912 “Acciones de masas y revolución[3], por asumir la destrucción de la maquinaria estatal, este lo considera aún muy poco claro; pero así también, y más importante aún, debe intentar superar a la tradición anti-estatista por excelencia: el anarquismo.

Los anarquistas de Lenin aparecen al menos dos veces de forma clara. Una, en el punto 2 del IV capítulo, rememorando la vieja discusión sostenida por Engels contra estos y luego en la primera parte del capítulo VI, donde Lenin hace un extraño movimiento: al mismo tiempo que arregla cuentas con su viejo maestro Plejanov, colocándolo en su lugar a propósito de un conocido panfleto escrito contra el anarquismo (“Anarquismo y socialismo[4] de 1895 y que no es más que un gran conjunto de confusiones), lo acusa de saltarse lo central del debate: la cuestión del Estado y la revolución y del Estado en general. Como argumento subordinado -y que es lo que nos interesa resaltar-, pretende limar toda las cualidades del anarquismo revolucionario al colocarlo como una perspectiva que “no ha aportado nada que se acerque siquiera a la verdad en punto a estas cuestiones políticas concretas: ¿hay que destruir la vieja máquina del Estado? ¿Y con qué sustituirla?[5]. Pero ¿qué buscaba tal pregunta? Simplemente suprimir al anarquismo como alternativa revolucionaria, dejarlo de lado como un movimiento que, si bien, en primera instancia se muestra lleno de buenas intenciones y con cierto grado de verdad respecto del Estado, es incapaz de asumir la tarea concreta, siendo impotente en términos revolucionarios.

¿Pero es cierta tal acusación? Lamentablemente, en la izquierda que nos es tradicional, el anarquismo se ha ganado un puesto bastante marginal, al mismo tiempo que se le reconoce como “el alma bella” de la tradición revolucionaria, si es que no como el extremo del voluntarismo revolucionario o un mero delirio individualista bien intencionado, por nombrar algunos casos, pero todos coinciden en su incapacidad de hacerse cargo de los problemas de fondo. Constantemente al anarquismo se le niega su potencial revolucionario, se lo coloca como una idea ejemplar, capaz de inspirar a muchos pero no como un arma real, con grandes potencialidades para profundizar las grietas propias de la sociedad de clase. Así Bakunin, por ejemplo, es un gran héroe romántico, pero sin propuesta revolucionaria[6].

Es por eso que, en esta serie de artículos, nos interesa desmitificar esa idea tan común a partir de cuatro experiencias revolucionarias concretas y que, en nuestra opinión, recogen lo mejor y más decidido del anarquismo. Los cuatro ejemplos que trataremos en esta corta serie se destacan por ser efectivamente alternativas de poder, empeños reales no sólo por declamar a favor de una sociedad de productores libres e iguales, sino que se esforzaron, tanto teórica como prácticamente, en llevar eso adelante, haciéndose parte de profundos procesos sociales que, como tales, colocan la cuestión del poder a la orden del día. Si bien no son experiencias que pueda eximirse de la crítica, creemos que marcan el camino correcto, el espíritu rector que debe guiar la practica libertaria real.

Pero antes de pasar directamente al primero de los cuatro ejemplos, vale la pena agregar algunos elementos que puedan dejar en claro la idea que tiene el anarquismo respecto del Estado, ya que, como bien se deduce del texto de Lenin más arriba citado, el problema del Estado no es sólo un problema instrumental, sino que resume la concepción de poder que se tiene a la hora de enfrentar un proceso revolucionario y los medios que asume dicho proceso para superar los obstáculos que le son propios

El estado según nosotros, los anarquistas.

Como bien es sabido, el Estado es un tema crucial para el anarquismo y cruza la gran mayoría de sus reflexiones.

Ya las viejas controversias contra el anarquismo, lo plantean, únicamente, como una negativa al Estado, pero, yendo más lejos, y al concebir el tema del poder sólo de una forma estatista, esta negativa los lleva a deducir que el anarquismo simplemente rehuye del tema del poder, sin ser capaz de pensar que los anarquistas nos formulamos el problema del poder y lo resolvemos de una forma no estatal.

El tema del Estado se vuelve ineludible, no por una pura negación abstracta, sino porque sintetiza las ideas que el anarquismo tiene sobre este espinoso problema que es el poder. Así, las respuestas que entrega el anarquismo respecto de la naturaleza del Estado están íntimamente vinculadas al que este tiene en la lucha de clases y el qué deben hacer los movimientos revolucionarios al respecto, es decir la posición del anarquismo respecto del Estado definen todo el quehacer social y el cómo debe orientarse la construcción de movimiento popular revolucionario. En definitiva, el problema del estado y del poder, para el anarquismo, es el eje pivotal que diseñan el marco tactico-estratégico de la lucha contra la sociedad de clases. En nuestra opinión, es quizás este punto el que también lleva a litigio a los mismos anarquistas que, en su perspectiva teórica, no logran un acuerdo unánime porque conciben los procesos revolucionarios de forma diferente. Pero más allá de los detalles, hay cosas en que la mayoría de los anarquistas estarían de acuerdo.

Lo primero a mencionar, es que para los anarquistas el Estado es la organización del poder de la clase dominante. Una maquinaria al servicio de sus intereses, administrada por una casta de especialistas que, asentados en el desarrollo de la división social del trabajo, gobiernan, pero no siempre dominan[7]. Por otro lado, al ser una entidad históricamente creada está sujeta a transformaciones y, eventualmente, a desaparecer. Hasta acá pareciera que no hay mayores diferencias ni si quiera con el marxismo. Se podrían sentar una infinidad de pasajes que corroboraran esto, sin embargo, hay un punto que suele escapar a la lectura apresurada. Y es que, para el anarquismo, el Estado no es sólo una maquinaria, un instrumento sino un principio de organización, es decir, una forma determinada de organizar el poder de una sociedad. En palabras de Eduardo Colombo “el Estado es, fundamentalmente, un paradigma de estructuración jerárquica de la sociedad” y se le debe pesar, antes de todo, como una relación social, no como una cosa que llega y se ocupa para ejercer la fuerza, sino que, antes que fuerza, el Estado es una forma determinada de organizarla, una que la vuelve autónoma de los productores directos y que tiende a ponerse sobre ellos. De ahí las conocidas palabras de Bakunin que aluden a una idea materialista del poder organizado de forma estatal: “Tómese al revolucionario más radical y colóquesele en el trono de todas las Rusias, o désele el poder dictatorial con el que sueñan tantos de nuestros jóvenes revolucionarios, y en un año se convertirá en alguien peor que el propio emperador[8]. En esta misma linea, P. Ansard, hace una sintética analogía, cuando dice que “lo político [entendido como poder político] es, con respecto a la vida social, lo que el capital respecto del trabajo: una alienación de la fuerza colectiva[9] En otras palabras el Estado no puede ser entendido sino como  otro aspecto del mismo proceso alienante de la fuerza humana creadora, propia de todo grupo humano que, en tanto que humano, es creador de su propio espacio histórico. El capital y el Estado son momentos aparentemente separados de un único momento. Aún así, contra todo análisis simplista que suele ver a todos los gatos pardos, el capital tanto como el Estado, son formas complementarias pero no reductibles la una a la otra, y que hoy constituyen la realidad del capitalismo reinante. Así, el anarquismo entiende que “el poder político y la riqueza son inseparables[10] , pero también irreductibles. Por lo tanto, no existe la concepción mecánica y causal de que al eliminar la propiedad privada el Estado se extingue pos sí sólo, sino que, a la luz de todas las experiencias históricas, el Estado demostró ser un problema determinado a resolver en el proceso revolucionario y que no puede dejarse a la suerte del las “puras” relaciones de propiedad. De ahí que, para Bakunin y demás anarquistas, el problema de la revolución no puede ser resuelto sin resolver de forma simultánea estos dos asuntos, ya que se vuelve inevitable  su íntima vinculación dialéctica.

Bakunin y la federación de comunas

De ningún modo la revolución social excluye la revolución política. Al contrario, necesariamente la implica, pero imprimiéndole un carácter del todo nuevo, cual es el de la real emancipación del pueblo del yugo del Estado. Puesto que todas las instituciones y todas las autoridades políticas sólo han sido creadas, en definitiva, con el objeto de proteger y resguardar los privilegios económicos de las clases poseyentes (sic) y explotadoras contra las rebeliones del proletariado, está claro que la revolución social deberá destruir esas instituciones y esas autoridades, no antes ni después, sino al mismo tiempo: su mano audaz deberá caer sobre los fundamentos económicos de la servidumbre del pueblo.”[11] Estas certeras palabras de Bakunin, escritas en 1870, antes de la Comuna, resumen lo esencial del programa histórico del anarquismo. Si somos fieles a estas líneas, queda claro que no se trata de desmantelar toda alternativa de poder, sino de las formas que sirven para salvaguardar los privilegios y contrarrestar el avance del movimiento popular, y que son expresión necesaria de dicha dominación. De esta forma se trata de desmantelar el aparato estatal, pero en un sentido mucho más radical, transformando el principio organizativo de la nueva sociedad emergente. Pero, al mismo tiempo, Bakunin es claro al plantear que “[La abolición del Estado] no podría alcanzarse de golpe, pues en la historia, al igual que en la naturaleza física, nada se hace de golpe. Hasta las más súbitas revoluciones, las más inesperadas y radicales, siempre han sido preparadas por un largo trabajo de descomposición y de nueva formación. Trabajo subterráneo o visible, pero nunca interrumpido y siempre creciente. Por lo tanto, tampoco para la internacional se trata de destruir de un día para otro todos los Estados. Emprender esto, o tan sólo soñar con él, sería una locura.[12] Por lo tanto, en contra de todos los mitos elaborados contra el anarquismo, no hay nada más ajeno a Bakunin que el romanticismo espontaneísta de pensar que el Estado es simplemente abolido de un día para otro sin mediación de un proceso de acumulación de fuerzas y posterior organización de las masas obreras. Tal como se opone a las revoluciones por decreto, es coherente que se oponga a la desaparición súbita del Estado. De esta forma, la destrucción del estado debe venir de otro lado, de un poder creciente que, en su consolidación, sea capaz de quitarle todos los espacios, suprimiéndole mediante el combate y es en beneficio de ese nuevo poder que el Estado debe ser suprimido, si es que no desea morir.

La primera gran prueba para el programa anarquista de Bakunin vino con la guerra franco prusiana incida en 1870 y que fue una de las causales directas de la Comuna de París. Sin embargo, tres años antes Bakunin había esbozado el programa necesario para un triunfo revolucionario en la Europa que le era contemporánea.

El mencionado programa dice, en términos generales, qué deben hacer los proletarios para re-organizar sus fuerzas sobre las ruinas del Estado, como llevar a delante la guerra civil, etc. Se trata, fundamentalmente, no sólo de destruir “radical y completamente” el Estado, sino que el programa es mucho más que eso. En primera instancia, Bakunin, como un acto de rebeldía y de insubordinación al Estado que languidece en la guerra, apuesta a la suspensión de deudas o de más ingresos públicos, pero, más importante aún, desarticula todo el aparataje estatal mediante “La disolución del ejército, de la magistratura, de la burocracia, de la policía y de las cárceles”, así como de “la justicia oficial, la suspensión de cuanto jurídicamente se denominaba derecho, y del ejercicio de esos derechos. Por tanto, abolición y quema de todos los títulos de propiedad, actos de herencia, venta, donación, todos los procesos, en una palabra, de todo el papeleo jurídico y civil. Por todas partes y en todo, el hecho revolucionario en lugar del derecho creado y garantizado por el Estado[13]. Pero al mismo tiempo en que el aparato estatal es diezmado, se debe transformar el aparato productivo. Es así que a reglón seguido se llama a “la confiscación de todos los capitales productivos e instrumento de trabajo a favor de las asociaciones de trabajadores, que deberán hacerlas producir colectivamente”, pero, al  mismo tiempo en que se le expropia a la Iglesia y al Estado en favor de las asociaciones de productores, Bakunin da aclara que es  “la alianza federativa de todas las asociaciones operarias” lo que “constituirá la Comuna”. La Comuna como tal, en tanto alianza de productores libres es la sustitución del Estado.

Esta alianza de productores no es dejada al azar, sino que, comprendiendo que se trata de un estado de cosas insurreccional, en donde el poder de la clase dominante no está completamente acabado, es necesario organizar la acción de la Comuna, su resistencia y ofensiva armada contra los vestigios de la vieja sociedad. Este momento es decisivo. Según Bakunin, “Para la organización de la Comuna, la Federación de las barricadas en permanencia y la función de un Consejo de la Comuna revolucionaria por la delegación de uno o dos diputados por cada barricada, uno por calle o por barrio, diputados investidos de mandatos imperativos, siempre responsables y siempre revocables. Así organizado el Consejo Comunal, podrá elegir en su seno comités ejecutivos, separados para cada rama de la administración revolucionaria de la Comuna.” Con esta idea queda claro que para Bakunin es fundamental la organización de la fuerza militar. No por nada participó en las barricadas del 48′ colocando en práctica sus conocimientos militares adoptados en la juventud. Pero, como lúcido revolucionario, no sólo se encarga de la organización militar, sino de sus funciones administrativas, reconociendo un poder federado, capacitado para implementar formas administrativas determinadas. Importante recalcar que la dependencia de los delegados de un mandato suprime la posibilidad de considerarlos como funcionarios autónomos, lo que fue uno de los grandes logros de la Comuna de 1871 y remarcado por todos sus apologistas.

Al mismo tiempo, en el siguiente punto del programa hay una inflexión fundamental. En la convicción de que ninguna revolución es hecha por decreto, Bakunin se niega a levantar a la capital insurrecta como único centro de poder, sino que la ve a ella como una instigadora de las demás provincias, como la cabeza de un proceso que sólo puede ser completado si el resto del país se alza en armas. Esto responde también a un problema mucho más serio, que es la relación entre campo y ciudad. Conflicto mucho más presente en momentos donde el proletariado se desarrollaba y no alcanzaba, como hoy, a superar a la población campesina, sino que, necesariamente, su suerte yacía ligada al campo, al campesinado como clase diferente a la proletaria. Es así que Bakunin hace un “Llamamiento a todas las provincias, comunas, y asociaciones, dejándolas a todas seguir el ejemplo dado por la capital de reorganizarse revolucionariamente primero, y delegar luego, en un punto de reunión convenido, a sus diputados, todos también, investidos de mandatos imperativos, responsables y revocables, para constituir la Federación de las asociaciones, comunas, y provincias insurrecta en nombre de los mismos principios, y para organizar una fuerza revolucionaria capaz de triunfar de la reacción. Envío no de mandatarios revolucionarios oficiales con todo tipo de medallas, sino propagadores revolucionarios a todas las provincias y comunas, sobre todo entre los campesinos que no podrán ser revolucionado ni por los principios, ni por los decretos de alguna dictadura, sino únicamente por el mismo hecho revolucionario, o sea las consecuencias que producirá infaliblemente en todas las comunas el cese total de la vida jurídica, oficial del Estado.” El problema de la alianza campesino obrera fue un punto que atravesó gran parte de las reflexiones de Bakunin, casi todos su textos importantes de los años 70 tocan este tema, lo que va de la mano de una suerte de teoría de la hegemonía avant la letre y que hace especial énfasis en la necesidad de lograr conducción sobre el campesinado, de hacerlo parte de lo que puede ser un bloque histórico, dirigido por el proletariado, de ahí que no pueda sino ser un punto vial en el desarrollo revolucionario.

           

            Pero tal como la revolución no puede triunfar si la insurrección se aísla en la pura capital, también Bakunin tiene claro que la revolución sólo puede triunfar si sobrepasa las fronteras nacionales, por lo tanto, liga a esta propagación de la insurrección a la  “Abolición del Estado nacional otra vez en el sentido de que todo país extranjero, provincia, comuna, asociación o incluso individuo aislado, que se hayan levantado en nombre de los mismos principios, serán recibidos en la federación revolucionaria sin preocupación por las fronteras actuales de los Estados y aunque pertenezcan a sistemas políticos o nacionales diferentes, y las propias provincias, comunas, asociaciones, individuos que tomen el partido de la Reacción estarán excluidos. Es por tanto, por el mismo hecho de la propagación y organización de la revolución para la defensa mutua de los países insurrectos cómo triunfará la universalidad de la revolución fundada en la abolición de las fronteras y en la ruina de los Estados.[14]. Siendo fiel a la tradición internacionalista, Bakunin no puede pensar la revolución aislada.

Un tema que es redundante en la literatura critica al anarquismo es que este niega la actividad política, comprendiendo con eso al menos dos cosas diferentes: uno, que el anarquismo es simplemente una idea moral muy bonita o, dos, de manera igualmente equívoca, de que el anarquismo rehúye del problema del poder[15]. Pues ni uno ni lo otro. Como se puede deducir de lo anteriormente citado, el anarquismo es, en el fondo, un principio organizativo diferente al Estatal. De ahí, por ejemplo, el sugerente título de la última obra de Bakunin “Estatismo y Anarquía[16]. De forma paradójica, se puede decir que lo esencial del anarquismo, tal como ya lo dijimos más arriba, no es rehuir o destruir el poder, sino que organizarlo de otra forma.

Es así que Bakunin, comprendió las implicancias profundas de la derrotada revolución del 48′ y de los demás movimiento nacionales o nacionalistas de los cuales se había hecho parte, comprende lo insuficiente de las revoluciones “por arriba”, sin la participación activa del pueblo organizado desde abajo. De ahí que rehuya de “la política”. Y es que para él como para la tradición más lúcida del anarquismo, “la política” no tiene mayor acepción que el poder socialmente organizado desde arriba, divorciado de la gran masa de productores directos y que, en las sociedades que le son contemporáneas, es puesto al servicio de la clase dominante. De ahí que sea enfático al decir que “No puede haber ya revolución ni política, ni nacional triunfante a menos que la revolución política se transforme en revolución social, y la revolución nacional, precisamente por su carácter radicalmente socialista y destructivo del Estado, se convierta en la revolución universal

Esta revolución desde abajo, creando sus propios órganos de poder, deberá mantener el control de la situación en el mismo pueblo, “organizado en federación libre de asociaciones agrícolas e industriales”, las que serán, en palabras de Bakunin, “el Estado revolucionario y nuevo” el cual tendrá como única función “la administración de los servicios públicos y no el gobierno de los pueblos.” Nada de comisariados, nada de comisiones nacionales de economía, ni nada que se organice y mande por fuera de las organizaciones obreras. Bakunin tiene claro que la clave de la revolución yace en la unión del poder político y la economía bajo un principio organizativo diferente, que le de las mayores libertades de acción y organización a la clase trabajadora y a los campesinos pobres.

Al mismo tiempo, el revolucionario ruso, con una comprensión notable del proceso revolucionario,  reconoce que al interior de los procesos sociales de envergadura se da una dura lucha ideológica por la orientación de las fuerzas sociales. Es así que asume la necesidad de que “en medio de la anarquía popular que constituirá la vida misma y toda la energía de la revolución, la unidad del pensamiento y de la acción revolucionaria halle un órgano”, una forma determinada de expresión, la que, a su vez, pueda traducir la actividad del pueblo en un programa que, nacido de sus propias necesidades, dibuje una pauta para la acción, evitando que las potentes energías emanadas de la revolución se pierdan en la ineficacia. Para Bakunin -y he aquí un punto que marca una diferencia al interior de los mismos anarquistas- “ese órgano debe ser la asociación secreta y universal de los Hermanos Internacionales”. Sin pelos en la lengua, Bakunin le da coherencia a esta propuesta de poder a través de un medio necesario e ineludible: una organización partidaria. Esta organización, partiendo desde una estrategia no estatista, es algo muy difícil de pensar en un contexto que se ha encargado de tallar en piedra la triada leninista de clase-partido-Estado y que ha tenido como contra parte el discurrir indiferenciado y casi místico de muchos grupos que, en base a la derrota histórica del leninismo desechan toda posibilidad de pensar e implementar una estructura partidaria. Estos resquemores, por lo general, no tienen que ver tanto con el problema de si “sí” o “no” partido, sino que, en su negativa irreflexiva y dogmática rehuyen, esta vez sí, de los problemas que plantea el poder, los desafíos propios de la lucha de clases que, al no ser algo mecánico, progresivo o lineal, nos somete a duras decisiones, en donde tal o cual posición puede cambiar la dirección de los acontecimientos, determina el triunfo o fracaso de una revolución, etc. Negar esto es negar a la organización humana su realidad como fuerza material efectiva, al mismo tiempo que es un llamado a quedarse sentado y a esperar el resultado del proceso revolucionario, mientras que son otros los que tomas las decisiones y orientan la revolución. Ante esto, la mayoría de los sectores que niegan una organización partidaria han preferido levantar una idea abstracta de proletariado que, pareciéndose más a una figura normativa, opera como una negación constante, escéptica, de cualquier forma determinada que este pueda adoptar. Como diría Hegel, “Se trata, en efecto, del escepticismo  que ve siempre en el resultado solamente la pura nada, haciendo abstracción de que esta nada determina la nada de aquello de lo que es resultado”. Así, estos revolucionarios no pueden sino repetir bajo formulas académicas o pseudo-intelectuales ese “escepticismo que culmina en la abstracción de la nada o del vacío [y que] no puede, partiendo de aquí, ir más adelante, sino que tiene que esperar hasta ver si se presenta algo nuevo, para arrojarlo al mismo abismo vacío[17]

            Contrario a este escepticismo, Bakunin se hace parte de la tormenta revolucionaria y le asigna a la figura del partido un rol bien determinado, superando el voluntarismo y el mecanicismo. Primero, asumiendo “que las revoluciones nunca las hacen ni los individuos, ni siquiera las sociedades secretas”, sino que se “producen por sí misma, por la fuerza de las cosas, por el movimiento de los eventos y hechos”, preparándose “durante mucho tiempo en la profundidad de la consciencia instintiva de las masas populares”, para luego estallar “suscitadas en apariencia a menudo por causas fútiles”, Bakunin tiene claro que el rol de la organización es, por decirlo de alguna forma, limitado pero fundamental, ya que esta, en un contexto revolucionario, sólo puede hacer dos cosas: “primero facilitar el nacimiento de una revolución propagando entre las masas ideas que correspondan a los instintos de las masas [un programa] y, segundo, organizar, no el ejército de la revolución, -el ejército siempre debe ser el pueblo- sino una suerte de plana mayor revolucionaria compuesta de individuos entregados, enérgicos, inteligentes, y sobre todo amigos sinceros, ni ambiciosos ni vanidosos, del pueblo, capaces de servir de intermediarios entre la idea revolucionaria y los instintos populares”, nada más, pero nada menos. Como queda claro, el partido de Bakunin no es un sustituto de las fuerzas populares, no es una secta, como tantas veces lo quiso denominar Marx de forma tan equivoca, sino que es una mediación[18] de las ideas revolucionarias (el programa revolucionario) y los instintos de las masas, las que, finalmente, son la que le entregan todo el impulso y dan sustancia al programa.

            En nuestra opinión, Bakunin, ligado a la “ciencia alemana”, como llamó Marx a la tradición del idealismo alemán madurado bajo su reflexión, no puede sino presentar una estructura profundamente coherente. Por ello, no sólo se limita a elaborar una idea de “qué hacer” en un contexto revolucionario, sino que intenta responder al asunto del poder, de su organización y defensa, al mismo tiempo que plantea los medios necesarios para realizarlo. Si bien Bakunin está muy por debajo de la capacidad teórica de Marx, algo asumido por el mismo en retiradas ocasiones, es innegable que, a diferencia de anarquistas posteriores intentó pensar, desde sus fundamentos “filosóficos”, pasando por el fuego de la experiencia, las mediaciones necesarias que configuran la posibilidad de una revolución exitosa, enfrentándose derechamente la problemática del poder, logrando, en términos político, muchos más logros que Marx que, dentro de todo, no fue un dedicado teórico de la acción política revolucionaria, lo que puede verse, por ejemplo, en sus debilidades respecto del problema del Estado, el partido, etc. En nuestra opinión, será Lenin el que cerrará estos temas, siendo el aporte significativo de este último al marxismo.

Lyon, Bakunin en acción.

 

El contexto generado por la guerra franco-prusiana le dio a Bakunin el momento preciso para poner a prueba sus posiciones.

En julio de 1870 se inició una guerra que destruyó el imperio de Napoleón III bajo la fuerza de las bayonetas prusianas y que tuvo como una de sus consecuencias, la completa bancarrota de Francia. Este estado de excepción permitió la emergencia de la primera insurrección proletaria. Si bien, como dice Hobsawm, “la Comuna fue un régimen acosado, hija de la guerra y del sitio de París, la respuesta a la capitulación”[19] de la decadente burguesía francesa, no deja de ser el campo empírico que, en sus múltiples posibilidades, deja entrever la pertinencia de la propuesta de Bakunin.

Pero ya antes de las experiencias de París o Lyon, en sus “Cartas a un Francés”, Bakunin analizaba con justeza la situación concreta de la Francia destrozada por la guerra. Desde una clara perspectiva de clase Bakunin entiende que la burguesía prefiere sacrificar a Francia en nombre de salvaguardar sus intereses que salir a enfrentar a los prusianos, ya que, como bien indica el versado revolucionario ruso, ella teme más a la revolución social que a los prusianos. Envuelta entre estas dos fuerzas debía escoger por la que menos afectase sus intereses de clase. Descartada la burguesía, Bakunin sindica a los trabajadores y campesinos como los únicos en posición de darle una salida a la asfixiante situación, no sólo como un acto patriótico, (sentimiento que, venido desde las clases populares Bakunin comprende y no recrimina), sino como un proceso que colocaría a estas clases expoliadas a la cabeza de la nación, inaugurando una revolución social, en nombre de la república social, popular, contraria a la república burguesa sostenida por los radicales burgueses. Para Bakunin, esta situación no sólo tendría que ver con Francia, sino con el destino de Europa en general. Con una gran previsión, Bakunin entendía que la derrota de Francia bajo el ejército prusiano inauguraría un largo periodo “a la baja” en el movimiento popular. Y mucha razón tenía. Hubieron de pasar al menos 34 años (1905) para volver a ver actividad revolucionaria entre el proletariado europeo[20].

Como dijimos, antes de París, hubo una serie de intentos de sublevación por parte de los trabajadores y campesino de la Francia en crisis, todos estos controlados por los escuetos retazos que quedaban del gobierno encabezado por republicanos burgueses.

Uno de estos levantamientos o situaciones críticas fue el de Lyon. A raíz de la derrota en Sedán, que implicó no sólo la derrota de los ejércitos imperiales, sino la captura del mismo Napoleón III, el 4 de Septiembre de 1870 se proclama la República en toda Francia. Sin haber pasado siquiera un día se levanta un Comité de Salvación Pública en Lyon, el cual contaba con al menos 4 representantes de la Internacional, sin embargo, por la poca experiencia y evidente incapacidad de llevar adelante la empresa, este comité es reemplazado después de diez días por uno Municipal, compuesto en su mayoría por republicanos moderados, contrarios a la sublevación popular y defensores de los últimos vestigios del Estado Francés, casi inexistente. En la noche del 14 o mañana del 15 llega Bakunin a Lyon, al tanto de la situación. Inmediatamente se pone a organizar a sus camaradas internacionalistas, fundando un Comité de Salvación de Francia. Extendiendo sus relaciones hacia el Consejo municipal, el  Comisariato de policía y uno de los fuertes, “se propuso comenzar el movimiento del 28 por una manifestación de los obreros sin trabajo contra el consejo municipal[21] Bakunin tenía claro que “no hay todavía verdadera revolución aquí[22], pero ponía sus esfuerzos en poder llevar la situación hacia allá. En medio de este contexto pre-revolucionario, el 26 del mismo mes se elabora una proclama revolucionaria, la famosa “proclama o cartel rojo” el cual esbozaba a grandes rasgos el programa ya planteado en 1868 y que tenía como objetivo sustituir el poder decadente de la Francia republicana burguesa, por una federación de comités de salvación de Francia, y que tendría como primer impulso su imposición por la fuerza en Lyon. Pero ante lo implacable de la tarea, son sus propios camaradas lo que empiezan a vacilar, preparando todo para la derrota. Mientras que Bakunin proponía, obviamente, que la manifestación de los obreros desocupados para el día 28 fuese armada, el resto prefirió una muestra de fuerza “pacífica” en contra del Comité municipal, como forma de presión. Los millares de obreros de la construcción marcharon, conducidos por Saignes, integrante del comité y firmante del “cartel”. Al llegar a la Municipalidad se dieron cuenta de que el consejo no se hallaba y un centenar de obreros irrumpió, obviamente, Bakunin entró con ellos. Saignes habló desde un balcón diciendo que el Comité municipal debía asumir el programa del “cartel rojo” o dimitir, así también, nombró a Cluseret general del ejército. La “prostituta” (como luego llamaría Bakunin a Cluseret), a pesar de estar al mando de la fuerza armada fue incapaz de tomar medida enérgica alguna. En vez de ellos, fue en busca de más obreros desarmados, mientras que los guardias nacionales de los barrios burgueses entraban en el Municipio y detenían a Cluseret a su regreso. En medio de la confusión, los obreros, llamadas por Saignes detiene a los guardias. Luego, al ya estar instalado el Comité se inicia una discusión sobre qué hacer a continuación. Según el relato de Guillaume, citado por Nettlau, Bakunin y otos compañeros decían en vano “Es preciso obrar; perdemos el tiempo; vamos a ser invadidos por la Guardia Nacional burguesa; es preciso detener inmediatamente al prefecto, al alcalde, al general Mazure”. Al mismo tiempo, las autoridades quedaban en libertad de movimiento para hacer lo mismo pero en contra del Comité. Mientras, las masas desarmadas cedían el paso a los batallones burgueses, hasta que finalmente, Cluseret, invita al Comité a retirarse y sede el espacio al comité Municipal. Siguiendo la opinión de A. Richards, otro que luego capitularía, se “parlamenta” con el Consejo, el cual, ahora con el poder restituido se declara incapaz de realizar las proclamas del “cartel”. Como era de esperarse, Bakunin fue arrestado por la guardia y prontamente liberado por la fuerza, gracias a Ozerof, para luego refugiarse y pasa a Marsella.

El fracaso de Lyon fue el primero de muchos otros, como Marsella, Saint-Etienne, Tolosa, Narbona y Limonges. Ninguna tuvo mayor o menor éxito que Lyon. Ante esta situación en una carta de Bakunin fechada el 23 de Octubre, dice: “Querido amigo, no tengo ya fe alguna en la revolución en Francia”[23]. Si bien la Comuna de París podría contraria eso, su fracaso, sólo lo confirma, no porque el París revolucionario haya sido poco heroico, sino porque justamente lo que hacía falta era, como decía Bakunin, el alzamiento de las demás provincias, las que nunca lograron pujar con suficiente firmeza como para llevar adelante el asalto por su autonomía primero y contra Versalles después. Aunque hay un problema aún mayor y que justifica el pasar por los hechos de Lyon. En nuestra opinión, fue la falta de determinación de los que componían el Comité lo que hizo perder una oportunidad, que si bien no era revolucionaria, se levantaba sobre una situación que objetivamente hacia posible un despunte revolucionario. Culpar completamente al pueblo francés de su incapacidad es simplemente no entender el rol que cumple una organización que tenga como finalidad no sólo el promover la conciencia de clase entre las masas, sino la organización y preparación de la destrucción del poder, la insurrección. Así, el heroísmo de Bakunin es un triste consuelo para la falta de preparación y conformación efectiva de algo que para Bakunin -al menos en el papel- aparece ocupando un rol tan importante. De ahí que haya que hacer las críticas a la misma incapacidad de Bakunin que, como líder indiscutido de una importante fracción al interior de la internacional, fue incapaz de agrupar y formar cuadros lo suficientemente capaces.

Sin embargo, a pesar del fracaso de Lyon, que deja claro no sólo los límites de Bakunin, sino de la misma Internacional, que contaba con un importante contingente en la zona, debilitado eso sí por varios arrestos, la situación evidencia al menos dos cosas. Por un lado, que Bakunin como revolucionario consumado que era, fue capaz de plantear con justeza las situaciones revolucionaria, de adecuar su táctica para tratar de imponerle un curso favorable a los acontecimientos. Rehuyendo del dogmatismo, Bakunin entiende el carácter de crisis nacional y aprovechar la oportunidad entregada por las fuerza misma de las cosas, como solía decir, para instalar un comité de salvación pública capaz de darle una dirección revolucionaria a la situación, asestándole los últimos golpes a un poder en franca retirada, pero que se aprovechaba de la más completa confusión, de la ausencia de un contrapoder organizado y claro. Abusando de la unidad nacional, este gobierno débil y moribundo sólo existía como una máscara que recubría el profundo desprecio que sentía la burguesía a la revolución popular. Por otro lado, esta misma incapacidad de llevar adelante medidas enérgicas, deja en claro la necesidad de preparar a un grupo humano capaz de asumir dichas situaciones límites, en donde lo que se coloca en juego es o la sobrevivencia de una situación revolucionaria o su retroceso más cobarde. Dada las condiciones, no es inverosímil pensar que un alzamiento exitoso en Lyon hubiese contagiado a las demás provincias y quizás haber sido el apoyo que faltó a París en su propio alzamiento. Por otro lado, está demás decir que no hay ejército de ocupación que pueda contra un pueblo completamente alzado.

De todo esto se puede plantear lo fundamental que es recuperar el legado de Bakunin, no tanto en su letra como en su espíritu. Su falta de dogmatismo, su lucidez, su decisión a convertirse en dirección revolucionaria, además de su absoluta entrega a la causa de los trabajadores era lo que lo hacía un gran revolucionario, fuerza que, por lo demás, a costa de la tradición y los principios más abstractos, el anarquismo ha ido sacrificando poco a poco, no en todas sus expresiones, pero sí en muchas de ellas. Así también, puede quedar puesto este primer ladrillo en esta lucha incesante por desmitificar al anarquismo, de hacerlo una alternativa revolucionaria real y no un escapismo para revolucionarios incapaces de asumir la revolución.

Gabriel I. Rivas Castro

Octubre 2010


[1]     Lenin, “El Estado y la Revolución”, Ediciones en lenguas extranjeras, Pekín, 1966.

[2]     Walter, Gerad “Lenin”, Editorial Grijalbo, México, 1959

[3]     Sobre los debates entre Kautsky y Pannekoek, ver: “Debates sobre la huelga de masas (segunda parte)”, Cuadernos Pasado y Presente, nº63

[4]     Según el padre del marxismo ruso, “Los anarquistas no quieren saber nada el parlamentarismo, porque éste no hace más que adormecer al proletariado; no quiere saber nada de las reformas, porque las reforma constituyen otros tantos compromisos con las clases poseedoras; quiere la revolución, una revolución simplemente, entera, inmediata, directamente económica. Para llegar a este fin, se provee de una marmita llena de materias explosivas y la arroja contra el público de un teatro o de un café. El anarquista afirma que al hacer esto, realiza una parte de la revolución; a nuestro juicio no se trata más que de locura directamente furiosa”. Obviamnte Plejanov amalgama dos tendencias disimiles del anarquismo, una que va desde sus origenes y tiene una fuerte carga revolucionaria, basada en la acción directa y que tiene como expresión la lucha contra el parlamentarismo y el reformismo en general, y otra tendencia que tuvo cierta publicidad a contar del Congreso de Londres en 1881, que da origen a la nunca activa “Internacional Negra”, donde muchos libertarios, obnubilados optan por los atentados individuales, dejando de lado los principios más básicos de la acción clasista del anarquismo. Esta misma opción táctica, que muchos han levantado a un plano estratégico, es la misma que alimentó el imaginario burgués, del cual gran parte de la tradición marxista se sujeta para denostar al anarquismo, dejando en claro que muchas veces estos intelectuales no son sino mediocres conocedores de otras corrientes del socialismo, que hacen nacer al marxismo desde su ombligo para verlo atardecer en sus propios traseros. Ver, “Contra el anarquismo” (que es el título dado por Ediciones Calden al opúsculo), Pág 108.

[5]     Lenin, Op. Cit. Pág. 128.

[6]     Un ejemplo de ello es el comentario de E. H. Carr sobre Bakunin en su libro “Los exiliados románticos”. Para el historiador inglés, el anarquismo no es una propuesta revolucionaria, un programa, fundamentado y mediador de la fuerza histórica del proletariado, sino que es una perspectiva romántica pre-marxista. En sus propias palabras, “el anarquismo era la meta última del pensamiento político de Bakunin, simplemente la única salida -o lógica reductio ad absurdum- de la doctrina romántica” y es que sólo “Cuando Karl. Marx sustituyó a Herzen y a Bakunin como la figura más prominente de la Europa revolucionaria empezó el amanecer de la nueva era”. Estas descalificaciones recorren los textos de varios académicos más. Otra muestra más de como la ignorancia hace cátedra. E. H. Carr “Los exiliados romántico, galería de retratos del siglo XIX”, Anagrama, 2010, pag.259 y 415.

Otro importante historiados como Hobsbawn, que insiste en colocar al anarquismo como un primer movimiento primitivo, antesala de un verdadero proyecto revolucionario que no sólo resalte la actividad espontanea de las masas, sino que sea capaz de dirigirle Ver, “Revolucionarios, ensayos contemporáneos”, Crítica,  2003, pag. 121 y sigts.

[7]     De ahí, por ejemplo, que Bakunin, distinguiendo al Estado del gobierno, reconozca tres grandes categorías en las que se divide la sociedad: el amplio pueblo explotado, una minoría explotadora y explotada a la vez y la gran burguesía. La segunda responde a la gran capa de funcionarios estatales y a los llamados sectores medios que, bajo el influjo fetichista de la división social del trabajo propio de las sociedades capitalistas, se ven como un sector separado de los demás, aunque estén históricamente castrados. Ver, Bakunin “La ciencia y la urgencia de la labor revolucionaria”, 1870, http://miguelbakunin.wordpress.com/2008/04/25/la-ciencia-y-la-urgencia-de-la-labor-revolucionaria/. Este fenómeno también es analizado por Marx, por ejemplo, en el “18º Brumario”. Ver, http://www.marxistsfr.org/espanol/m-e/1850s/brumaire/brum1.htm

[8]     Bakunin Op. Cit.

[9]     P. Ansart, “Sociología de Proudhon”, Pág. 118.

[10]    Bakunin, Op. Cit.

[11]    Bakunin, “La libertad”, Pág. 168

[12]    Op. Cit. Pág. 198.

[13]    “Estatutos secretos de la Alianza: Programa y objeto de la Organización Revolucionaria de los Hermanos Internacionales”, http://miguelbakunin.wordpress.com/2008/08/19/hermanosinternacionales/. A continuación, todas las citas de Bakunin corresponderán a este texto, a menos que se indique lo contrario.

[14]    Op. Cit.

[15]    Dos objeciones clásicas, ya sea por sus autores y/o por lo desacertado de su crítica, son: “El apoliticismo” de Marx, y “Sobre la autoridad” de Engels. Ver, C. Marx & F. Engels, “La internacional”, Obras Fundamentales T. 17, Pág. 332 y sigts.

[16]    Obras completas T. IV.

[17]    Hegel, “Feneomenología del espíritu”, Pág. 55.

[18]    Esta idea de mediación la colocamos con toda su carga dialéctica. La mediación no es un “medio”, una “herramienta”, sino que, bajo una lógica dialéctica, la “mediación” se vuelve un momento necesario en el proceso total, es una forma determinada que asume el proceso para autodeterminarse, le es inmanente y no exterior.

[19]    E. Hobsbawm, “La era del capital”, Pág. 177

[20]    En una carta a su amigo Palix, escrita luego de los acontecimientos de Lyon, Bakunin dice: “La inteligencia militar y burocrática de Prusia, unida al knut del zar de San Petersburgo van a asegurar la tranquilidad y el orden público, al menos por cincuenta años, sobre el continente europeo”, Bakunin, Op. Cit. Pág. 34

[21]    Bakunin, Obras, T. I, Pág. 26

[22]    Op. Cit.

[23]    Op. Cit. Pág. 44